jueves, 13 de noviembre de 2008

La necesidad tiene cara de prostitución

Desde afuera parece sólo una casona antigua del barrio porteño de Flores en la que vive una familia. Pero dentro hay 5 mujeres que se dedican a la prostitución.
En el interior de la casa había un fuerte olor a sahumerio de fruta y se oía una canción de Andrés Calamaro. El living estaba adornado con cortinas violetas, rojas y blancas. En seguida apareció una chica, Andrea Bustamante, de 29 años, que dijo: “Hola, ¿en que te puedo ayudar?”.
Después de acomodar unos biombos de mimbre dijo: “Son para que las personas no se crucen”. Marcelo Kharr, de 60 años, estaba cerca, y comentó –riéndose- que una vez se encontró con su suegro en un prostíbulo, y les dio tanta vergüenza que se fueron y jamás hablaron del tema.
Varias chicas se cruzaban casi desnudas, correteando como colegialas enamoradas, pero con la mirada cargada de resignación. Una de ellas, Luciana, de 24 años, dijo: “Estos van a ser los 50 pesos más fáciles de tu vida”, y entró en un cuarto con un hombre de unos 50 años.
Andrea entró a la habitación más grande. Al lado de la puerta, había un cartel que decía “el establecimiento no se hace responsable por amenazas, llamadas o peleas, ocasionadas por dar datos personales a las srtas. que trabajan aquí”.
En el cuarto había una cama de dos plazas, con una manta dorada, un sillón del mismo color –en el que se sentó Andrea- y un velador con una luz roja.
“Empecé en esto por necesidad, tenía tres hijos y no les podía comprar nada. Mi marido no tenía trabajo, y vivíamos en una casilla muertos de frío”, recordó Andrea, con los ojos vidriosos. “Una amiga me dijo que podía dedicarme a esto, y empecé, cuando tenía 20 años”, agregó.
Andrea miraba al suelo, casi con vergüenza. “El se enteró y se fue. Igual ahí ya no había nada”, refirió sobre lo que pasó cuando su ex marido supo que ella era prostituta.
“Actualmente estoy con alguien, y no sabe que hago esto, pero no me importa si se da cuenta, porque ya no hay amor, hay acostumbramiento”, aseguró Andrea, y contó que en un principio, lo que la enamoró de Felipe, de 40 años, fue que la trataba como una reina, algo que ella busca en todos los hombres.
“Soy muy sensible, por eso me costó mucho entrar en esto, me afecta, hay días que ando deprimida. Una no lo termina nunca de superar”, reflexionó, mientras se acomodaba en el sillón.
“Cualquiera no lo puede hacer, hay que tener mucha fuerza interior, mucho coraje, porque estas con alguien que te dice tocame acá, ponete así, y lo tenes que hacer”, contó Andrea.
“Siento ganas de salir corriendo, pienso que hago acá. Pero respiro profundo y bueno, a trabajar” reconoció Andrea, sobre lo que siente cuando está con un hombre. Y aseguró que en ese momento “lo fundamental es pensar que no sos vos la que estás ahí adentro”.
Se prometió cambiar su destino, porque en ese trabajo se siente menos que las demás mujeres, y que no se merece que alguien la quiera. “A mi me gusta estar todo el tiempo enamorada” susurró con una sonrisa.